Ahora sólo podrá ayudarnos Dios

Dios es, para cualquier católico, todo. Cuando digo todo, es todo. Es la creación del Universo y el fin del mismo; es el principio de la vida y las razones por las que alguien muere; es la felicidad del amor familiar y el bienestar de los hijos; es un padre besando a su pequeño niño que ha sido bautizado; es el escandaloso ruido de la suspensión trasera de un coche que en su interior alberga a dos jóvenes recién casados que están perdiendo algo por propia voluntad y al mismo tiempo están buscando otra cosa; es la música que se disfruta cuando los pájaros cantan y desde lejos suenan las campanas de una iglesia.

Y, naturalemente, es también quien puede defendernos y ayudarnos ante las más temibles tempestades que la vida nos ofrece a modo de prueba.

Lamentablemente, durante muchos años, la TV latinoamericana transmitió un mensaje que llegó a muchos hogares con niños pequeños. Estoy seguro de que mis lectores recordarán esa porquería de personaje llamado «El Chapulín Colorado».

El mensaje subrepticio llevaba el pensamiento de la gente hacia un solo lugar. Segundos antes de que apareciera el Chapulín, alguien se preguntaba “¿Y ahora quién podrá defenderme/ayudarme?” y, acto seguido, aparecía el colorado ¿superhéroe? gritando “¡¡Yo!!” muy enérgicamente.

No necesitaría escribir estas líneas si la totalidad de mis visitas fueran de católicos estudiosos de la Biblia y conocedores de la Palabra de Dios, pero sé que me visitan muchas personas que se están recuperando en programas especiales como, por ejemplo, los que ofrece Ateos Anónimos.

La secuencia de imágenes en las escenas del Chapulín y su vestimenta no dejan lugar para dudas. Antes dije que había un mensaje que dirigía el pensamiento hacia un único lugar, y lo hace de manera supuestamente lógica.

Alguien necesita ayuda, y se pregunta quién podrá defenderlo o ayudarlo. Aparece como por arte de magia un extraño ser vestido totalmente de rojo que tiene dos antenas. ¿Qué significa esto? Que las personas, ante un problema, deben solicitar la ayuda de un señor de rojo.

¿Alguna duda? ¿Debo explicarlo mejor? ¡Es un mensaje que hace apología a la imagen de Satanás, y que guía a las personas hacia su camino!

A mí nadie me engaña. Soy católico, no estúpido. El color elegido para el traje, junto con las antenas, forman parte de un disfraz de diablo que tiene cuernos y color rojizo por pasar tanto tiempo en el caluroso infierno.

Pero eso no es todo. Para no caer fácilmente en el engaño, hay que comenzar por abrir la mente de los niños.

Eduqué a mis hijos correctamente. Soy de esos padres que se alejan de las ideas de mantener tabúes y esas cosas ocultas; yo a mis hijos les hablo con la verdad que esta vida católica me ha presentado en mi camino.

Cuando eran niños, les comenté algunas de las cosas con las que abrí este artículo. Quedó claro que sólo en Dios podrían confiar para pedir ayuda en las situaciones más difíciles de la vida, esas que se les presentarán cuando yo ya no esté en este mundo.

Parte de esa educación incluyó una dura crítica al rojo personaje de Chespirito. Les dije que ocultaba un mensaje terrorífico cubierto de aparente humor, y que debían luchar contra él. Es por eso que desde pequeños aprendieron a gritar «¡¡Dios!!» cada vez que escuchaban la pregunta que invocaba al bicho rojo con antenitas y cara de señor tonto que hace cosas que deberían darle vergüenza.

Mis niños comenzaron a crecer y el paso del tiempo los llevó a las casas de sus amigos. Muchos padres han llamado indignados para decirme que mis hijos estaban locos, y que Dios no entraría en sus casas. —No —le dije una vez a uno—; es mi hijo quien no volverá a entrar a ese lugar alejado de la fe que tú llamas casa.

Recuerdo que una vez llevé a mi hijo a la casa de Gonzalo, un amigo suyo que en aquel momento tenía sólo 9 años. Ambos estaban estudiando piano, pero sólo Gonzalo tenía uno, y lo compartía generosamente con mi pequeño.

Al llegar a la casa, nos recibió el padre. Le pedí que dejara pasar a mi hijo y le di unas monedas para pagar cualquier gasto que pudieran ocasionar los enanos; se negó a recibir mi dinero y me invitó a pasar para convidarme un poco de vino francés mientras me mostraba los avances en la restauración del viejo Ford de 1939 que había comprado su padre con mucho esfuerzo hacía años.

Gonzalo no era hijo único. Tenía más de un hermano. El Ford ocultaba más de un secreto en su oxidado y anticuado sistema de amortiguación.

Parte de esa manada de hermanos se encontraba cerca del piano, e insistía en molestar con el volumen de la TV. Dios habrá puesto en tu mente algunas imágenes de lo que podrían haber estado mirando esos hermanos. Sí, era el Chapulín Colorado.

Mi hijo tocaba bajo la supervisión de su amigo, que por cierto estaba bastante más avanzado en sus estudios por tener disponible el instrumento a todas horas (como sus padres, a quienes también les gustaba eso de tocar el instrumento).

Pero en un momento la música se detuvo, como si las líneas del pentagrama hubieran desaparecido. Había llegado el momento de pedirle ayuda al Chapulín, y mi hijo había oído todas las escenas. Saltó en menos de un segundo y esperó el final de la frase, que recibió al grito de “¡¡Dios!! ¡¡Dios podrá ayudarnos!!” por toda la casa.

Debo confesar que el vino francés me gustó mucho, y que pedí permiso para llenar mi copa más de una vez mientras él intentaba convencerme de que el coche era uno solo y que no necesitaba más bebida. Escuché los gritos de mi hijo y fui corriendo para ver qué pasaba. Fue tal mi indignación que rompí el televisor con la botella que tenía en mi mano, y también oriné sobre el piano al creer que ahí dentro podría estar oculto el Chapulín.

Mi amigo (si es que quedaba algo de esa amistad) me invitó amablemente a abandonar su casa con la promesa de que dejaría un recuerdo de cuarenta y cinco centésimas de pulgada de diámetro en lo más profundo de mi corazón si no lo hacía de inmediato. Obedecí la orden pero expresé mis quejas.

Esta anécdota prueba que en el lugar en que se recibe la imagen del Chapulín, la amistad se rompe y los amigos se separan.

Hoy a la tarde, luego de mucho esperar, ocurrió algo que quedará entre las más importantes noticias del año: Roberto Gómez Bolaños dejó este mundo. Sí, es para siempre. Dios lo llevó para que nuestros hijos respiren un aire más limpio en este mundo tan contaminado por el pecado.

¡Es hora de festejar, hermanos! ¡Debemos salir a la calle! Un arma con munición de fogueo, un nutrido grupo de hermanos cantantes y unas botellas de vino francés bastarán para hacer una ruidosa fiesta que será única.

¡¡GRACIAS, DIOS!! ¡¡GRACIAS POR DEJARNOS VIVIR EN PAZ!! ¡¡ESTOY SEGURO DE QUE ES OTRO MILAGRO DE FRANCISCO!! ¡¡GRACIAS, SEÑOR, TÚ ERES LA LUZ QUE ILUMINA ESTE MUNDO SUMIDO EN UNA NUBE DE CONTAMINACIÓN DE ATEÍSMO Y MALAS COSTUMBRES!!

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6 comentarios en “Ahora sólo podrá ayudarnos Dios

  1. Estás siendo victima de una estafa hermano.
    Los capitulos con contenido catolico fueron censurados durante la extrangerisación (o como se escriba) del Show

    1. Roberto Gómez Bolaños era muy católico, de hecho en algunos de sus episodios cantaba canciones sobre Jesús.
      Él era católico y panista. Estaba en contra de la homosexualidad (sugería castración química para la comunidad lésbico gay). Peleó para prohibir que los métodos anticonceptivos fueran entregados gratuitamente a jóvenes y adolescentes. Y negó entradas a sus shows en vivo a madres solteras y sus hijos. Cuando eligió a la mujer que sería su esposa la acosó hasta que ella cedió. Entre otras actividades.

  2. no podés ser tan hijo de puta para festejar la muerte de una persona, dios, la ignorancia no tiene límite?

  3. Disculpe,pero a mi parecer usted es el que hizo mal al cometer esos actos en una casa ajena, si es tan católico debería de saber que al señor no les gusta que nos insultemos unos a otros y por último quiero decirle que el chapulín colorado ES SOLO UNA CARICATURA Y NO TIENE NADA QUE VER CON EL DIABLO, me disculpo por lo que voy a expresar pero tiene usted un pensamiento muy ignorante

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